16 de octubre de 2011

Vuelvo.

10 de diciembre de 2006

La doble vida del faquir


Imagen tomada de cine.lycos.es

Dirección y guión: ELISABET CABEZA y ESTEVE RIAMBAU.



Fotografía: Albert Pascual.



Música: Eduardo Arbide.



Montaje: Sergio Díes.



Intérpretes: Joan Altimiras, Xavier Bagué Bofill, Jordi Bertrán, Ramón Cleries.



Nacionalidad: España, 2005



Duración: 90 min.



ELISABET CABEZA nació en Sabadell en 1965. Es licenciada en Periodismo y desde 1990 trabaja en el periódico "Avui". Actualmente dirige la sección de Cultura y Espectáculos y ejerce la crítica cinematográfica.



ESTEVE RIAMBAU nació en Barcelona en 1955. Es licenciado en Medicina, escritor y crítico cinematográfico. La crítica de cine la ejerce en la revista "Fotogramas" y en el diario "Avui". Ha escrito más de 30 libros sobre la Historia del cine y es profesor de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona.



Ambos directores debutan con LA DOBLE VIDA DEL FAQUIR.



"En 1937, unos niños del Colegio del Roser, de Sant Juliá de Villatorta (Osona, Barcelona) protagonizaron la película amateur "Imitando al faquir", dirigida por Felip Sagués, un cineasta aficionado refugiado en el pueblo. Ahora, algunos de esos mismos niños del orfanato (que fueron compañeros de clase y de plató del padre de Elisabet Cabeza, ya desaparecido) recuerdan esa inolvidable experiencia."



El cine de ficción y el documental se funden con naturalidad en las imágenes de esta película inclasificable, con un pie sobre cada uno de sus ingredientes, dirigida por los debutantes tras la cámara ESTEVE RIAMBAU Y ELISABET CABEZA. El encuentro de una exótica película de fantásticas aventuras rodada en plena Guerra Civil, con los niños de un colegio de huérfanos de un pueblo de Barcelona como protagonistas y dirigida por un aficionado con dinero, es el pretexto o detonante de este atípico proyecto, mitad relato, mitad investigación, que articula las imágenes fascinantes de antaño con otras rodadas en el presente para descifrar las circunstancias de aquel insospechado momento de felicidad, simultáneo pero ajeno a la tragedia colectiva. El cine dentro del cine y una búsqueda sentimental en el pasado, pues el padre fallecido de la realizadora fue uno de aquellos niños actores, delimitan desde otra perspectiva esta atractiva propuesta que confronta en el mismo escenario a un grupo de niños de hoy y a los supervivientes, prácticamente ancianos, de aquel gozoso experimento. La suma de las reacciones de unos ante la proyección y las explicaciones de un peculiar maestro de ceremonias, y los testimonios de aquellos improvisados actores enmarca una sugestiva reflexión sobre el pasado y el presente, sobre la pervivencia de la memoria y sobre la ficción y la realidad.

27 de agosto de 2006

Vergüenza

Trabajé tres meses en una gasolinera.

Me gustaba el trabajo. La verdad es que pensándolo bien siempre me gustan todos los trabajos que pruebo. No debe ser un buen síntoma. Se supone que el trabajo es un castigo divino pero yo siempre le encuentro el puntillo.

Todos los compañeros se peleaban por ponerse en la caja. Yo no. A mí me gustaba el surtidor. Cada cinco minutos una cara nueva. Alguien diferente con quien conversar. Y siempre un tema distinto. No soportaba el silencio ni los tópicos. Nunca hablaba del tiempo. Ni de fútbol. Ni de política. Ni de lo cara que se estaba poniendo la gasolina.

Con los habituales hablaba de libros. Les contaba la última peli que había visto. Me hacían la crítica. Era divertido.
A los clientes de paso les daba información turística, les decía lo que no podían perderse de la ciudad. Les recomendaba un restaurante o un sitio de copas adecuado a su estilo. A la vuelta me contaban su impresión. Casi siempre acertaba.
A los camioneros les buscaba un lugar tranquilo para descansar y les ofrecía un café.

Los domingos no hablaba. Operación regreso del fin de semana y los madrileños llenando el depósito aprovechando que en mi comunidad no se pagaba el “céntimo sanitario”
Atendía un máximo de cuatro a la vez y las colas eran interminables. Y no sólo les servía la gasolina, había que quitar y poner el tapón del depósito. Les ofrecíamos limpiar el parabrisas. Buscábamos una grúa cuando era necesario. Revisábamos la presión de las ruedas, etc., etc., etc.
Ante la competencia mi jefe se decantó por la calidad del servicio y acertó. Los clientes agradecían mucho los detalles. Se notaba en las propinas.

Un domingo de marzo llegó un motero. Se colocó en el surtidor de 98 y esperó paciente su turno. El único surtidor de sin plomo 98 estaba un poco aislado del resto. Sólo éramos dos compañeros en pista y no dábamos abasto. Cuando querías darte cuenta ya había otro cliente ocupando el puesto del anterior y el motero esperando. Y yo sufriendo porque los coches entraban y salían y el seguía ahí plantado.

Me decidí. Le dije al que acababa de parar que me iba a atender al de la moto porque se estaba cabreando. El hombre asintió y salí disparada.
Le di las buenas noches al de la moto.
Lleno, por favor y una pregunta: ¿Por qué le has dicho a ese tío que estoy tan enfadado? Yo no he protestado.
Le contesté con una sonrisa: Porque si no le cuento una mentira te quedas aquí plantado toda la noche. El fin justifica los medios.
Y me soltó un NUNCA tan rotundo que me dejó colorada, confundida y tan traumatizada que todavía me ruborizo cuando lo recuerdo.

26 de agosto de 2006

Flechazo

Me pierdo en los mercadillos callejeros siempre que puedo. Me ayuda a desconectar y doy rienda suelta a mi vena consumista a buen precio. Si estoy de mal rollo me compro una camiseta de colores y me animo. Estoy ahorrando para comprarme una guitarra. Mejor darme un capricho en un mercadillo que en una boutique de lujo. Además en las boutiques no tienen mi talla y las dependientas son unas pijas y me miran con cara de pocos amigos. Los gitanos del mercado me conocen y siempre me atienden con una sonrisa. (Eulalia: Estoy generalizando. Mea culpa. Pon tú la penitencia. No he podido resistirme, si sirve de atenuante)

Me gustan los mercados. Las mezclas de olores y colores que encuentro en ellos. La gente paseando sin prisa, fijando su atención en los tenderetes. Los puestos de fruta mezclados con otros de ropa que se mezclan con otros donde venden bisutería, cacharros para la cocina, discos viejos… El que más me gusta es el puesto de las hierbas, donde compro té blanco e infusiones supuestamente milagrosas que no sirven para nada pero que están riquísimas.

Sucedió mientras curioseaba las novedades del puesto del ceramista. Hay un jarrón que me tiene encandilada pero no sé donde ponerlo y siempre me paro allí buscando una excusa que justifique la compra. Giré la vista y me encontré con sus ojos. Me observaba muy atento. Cuando le descubrí me regaló una sonrisa tímida pero no desvió la mirada. Tierno y descarado a la vez. Me gustó. Esos ojos imposibles de definir, azules, con matices de gris, enormes, seguían observándome sin perder detalle. Le guiñé un ojo. Fingió mirar hacia otro lado expectante por descubrir que haría yo. Le saqué la lengua. Y empezó el juego.

Ahora te miro. Ahora no. Ahora sonríes. Ahora te haces el despistado. Ahora te saco la lengua. Me devuelves el gesto. Te escondes detrás de un toldo. Apareces de nuevo. Te ríes. Me provocas. Y vuelta a empezar…

Terminó cuando su mamá le subió a la sillita de paseo, le abrochó el arnés y se perdió entre la gente.

18 de agosto de 2006

La casada infiel

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revólver,
ella, sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Federico García Lorca

Granada rinde tributo a Federico García Lorca en el 70 aniversario de su muerte

14 de agosto de 2006

Lluvia de estrellas


Foto tomada de CienciaNASA

Anoche llegué temprano. Tenía prisa por volver. A la una empecé a montar el campamento. Había dado una vuelta por los alrededores y no encontré un buen lugar para observar las perseidas. Esto no es lo que era.

Recuerdo cuando mi casa era la última del pueblo, el asfalto acababa en la puerta de mi garaje, desde allí salía un camino que serpenteaba cuesta arriba entre viñedos y cereales. Las golondrinas anidaban en el alero de mi ventana.

Ahora todo ha cambiado, estamos rodeados de cemento, de ladrillos y de bombillas que ocultan el brillo de la estrellas.

Siempre las miraba desde la puerta de mi casa, tumbada en la acera con una colchoneta pero ahora estamos en el centro del pueblo y ya no nos reunimos con los vecinos a tomar el fresco.

Con este panorama y sin un coche adecuado para pilotar por los caminos de madrugada me conformé con el trocito de cielo que se abre encima de mi patio, una hamaca, unos auriculares con Quique González cantando para mí en exclusiva y una cerveza.

Al principio eran demasiado fugaces y muy pequeñas pero poco a poco se hicieron más grandes y el espectáculo se prolongaba unos segundos más.

Cuando quise darme cuenta estaba llorando. Pensaba en él.

Sé que es un tema recurrente, he escrito mucho sobre él.
Aquí, aquí y aquí… su espíritu flota sobre muchos otros post de este blog donde no le menciono de forma explicita pero están empapados de su esencia, de lo que me hizo sentir.

Y ahora pienso en lo tonta que fui.

Le dejé marchar.

Y creo que ya es tarde para remediarlo.

23 de julio de 2006

¿Por qué la gente Grita?

Un día un viejo sabio preguntó a sus seguidores lo siguiente:


- ¿Por qué la gente se grita cuando están enfadados?


Los hombres pensaron unos momentos:


- Porque perdemos la calma - dijo uno - por eso gritamos.


- Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? - preguntó el sabio - ¿No es posible hablarle en voz baja?
¿Por qué gritas a una persona cuando estás enfadado?


Los hombres dieron algunas respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.


Finalmente él explicó:


- Cuando dos personas están enfadadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Cuanto más enfadados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.


Luego el sabio preguntó:


- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.


El sabio continuó:


- Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aun más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman.


Luego dijo:


- Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.