Me pierdo en los mercadillos callejeros siempre que puedo. Me ayuda a desconectar y doy rienda suelta a mi vena consumista a buen precio. Si estoy de mal rollo me compro una camiseta de colores y me animo. Estoy ahorrando para comprarme una guitarra. Mejor darme un capricho en un mercadillo que en una boutique de lujo. Además en las boutiques no tienen mi talla y las dependientas son unas pijas y me miran con cara de pocos amigos. Los gitanos del mercado me conocen y siempre me atienden con una sonrisa. (Eulalia: Estoy generalizando. Mea culpa. Pon tú la penitencia. No he podido resistirme, si sirve de atenuante)
Me gustan los mercados. Las mezclas de olores y colores que encuentro en ellos. La gente paseando sin prisa, fijando su atención en los tenderetes. Los puestos de fruta mezclados con otros de ropa que se mezclan con otros donde venden bisutería, cacharros para la cocina, discos viejos… El que más me gusta es el puesto de las hierbas, donde compro té blanco e infusiones supuestamente milagrosas que no sirven para nada pero que están riquísimas.
Sucedió mientras curioseaba las novedades del puesto del ceramista. Hay un jarrón que me tiene encandilada pero no sé donde ponerlo y siempre me paro allí buscando una excusa que justifique la compra. Giré la vista y me encontré con sus ojos. Me observaba muy atento. Cuando le descubrí me regaló una sonrisa tímida pero no desvió la mirada. Tierno y descarado a la vez. Me gustó. Esos ojos imposibles de definir, azules, con matices de gris, enormes, seguían observándome sin perder detalle. Le guiñé un ojo. Fingió mirar hacia otro lado expectante por descubrir que haría yo. Le saqué la lengua. Y empezó el juego.
Ahora te miro. Ahora no. Ahora sonríes. Ahora te haces el despistado. Ahora te saco la lengua. Me devuelves el gesto. Te escondes detrás de un toldo. Apareces de nuevo. Te ríes. Me provocas. Y vuelta a empezar…
Terminó cuando su mamá le subió a la sillita de paseo, le abrochó el arnés y se perdió entre la gente.
Me gustan los mercados. Las mezclas de olores y colores que encuentro en ellos. La gente paseando sin prisa, fijando su atención en los tenderetes. Los puestos de fruta mezclados con otros de ropa que se mezclan con otros donde venden bisutería, cacharros para la cocina, discos viejos… El que más me gusta es el puesto de las hierbas, donde compro té blanco e infusiones supuestamente milagrosas que no sirven para nada pero que están riquísimas.
Sucedió mientras curioseaba las novedades del puesto del ceramista. Hay un jarrón que me tiene encandilada pero no sé donde ponerlo y siempre me paro allí buscando una excusa que justifique la compra. Giré la vista y me encontré con sus ojos. Me observaba muy atento. Cuando le descubrí me regaló una sonrisa tímida pero no desvió la mirada. Tierno y descarado a la vez. Me gustó. Esos ojos imposibles de definir, azules, con matices de gris, enormes, seguían observándome sin perder detalle. Le guiñé un ojo. Fingió mirar hacia otro lado expectante por descubrir que haría yo. Le saqué la lengua. Y empezó el juego.
Ahora te miro. Ahora no. Ahora sonríes. Ahora te haces el despistado. Ahora te saco la lengua. Me devuelves el gesto. Te escondes detrás de un toldo. Apareces de nuevo. Te ríes. Me provocas. Y vuelta a empezar…
Terminó cuando su mamá le subió a la sillita de paseo, le abrochó el arnés y se perdió entre la gente.
3 comentarios:
Lo de sacar la lengua es una de mis actividades favoritas.
Los más descarados te devuelven el gesto, pero la mayoría se asustan porque no entienden esa actitud viniendo de un mayor.
Pero es divertido...
Ya te lo dije, pero no me resisto a dejarlo escrito aquí: sencillamente magnífico. (Avisa cuando acabes de poner en solfa todo esto:)
Besos con azúcar
¡¡Qué buena historia!! No me esperaba el final.
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